MUJER: LUCHA SOCIAL, DIFICULTADES Y PERSPECTIVAS.


  Texto de Gloria Arenas Agis,

 leido en el foro YA BASTA a la violencia contra la mujer, realizado el 28 de noviembre de 2010

Mujer: Lucha social, dificultades y perspectivas

Gloria Arenas Agis

Cuando acepté la invitación a hablar sobre este tema estaba consciente de su enorme importancia: reflexionar sobre lo que sucede con la mitad de la humanidad cuando ésta se asume como sujeto de transformación social.

El tema es tan amplio y profundo que no puede ser abarcado totalmente en los tiempos de esta mesa. Trataré entonces de solamente esbozar algunas líneas que considero importantes para introducirnos en él. La lucha de la mujer, la lucha social y la mujer en la lucha social, ubicándola en estos momentos de hartazgo general, de urgencia de transformación, cuando el cambio social es lo que como humanidad, deseamos, esperamos, empujamos…

Mujeres: Su lucha, nuestra lucha

Cuando hablamos de la mujer o de las mujeres nos referimos a la mitad de la humanidad: a casi tres mil quinientos millones de personas en el mundo, y si hablamos de su sujeción, estamos hablando de un tipo de dominación común a la mitad de la población mundial, lo que es, por su sola dimensión cuantitativa, un asunto que nos concierne a todos, hombres y mujeres. Con más razón cuando esa mitad de la humanidad vive un tipo de sujeción que la abarca en su totalidad sin excepciones. Nos concierne a todos porque se encuentra bajo los mismos yugos que someten a los sectores populares de la otra mitad de la humanidad; de manera que compartimos el mismo destino. Nos concierne a todos porque las mujeres somos una fuerza imprescindible en las diversas luchas emancipadoras de la humanidad, estamos en todas ellas. Nos concierne a todos también porque se encuentra bajo otra forma de yugo que la mitad masculina no padece, pero la usufructúa.

Insisto en esto porque aún es muy amplio el número de personas, hombres y mujeres, que cuando se habla de la mujer piensan que es un tema que “sólo” nos concierne a nosotras, o que es un asunto minoritario, o que su importancia es secundaria en relación a la importancia que revisten los temas que son para “todos”. Un “todos” que al ignorar o poner en segundo plano a la mujer resulta excluyente.

En otras palabras, es más fácil que hombres y mujeres creamos que merecen nuestra atención temas que pensamos nos abarcan a todos, o son primordiales: la destrucción del medio ambiente, la guerra, la explotación, la discriminación, la migración, el despojo, el saqueo, la imposición, y es más difícil que hombres y mujeres estemos atentos a asuntos que consideramos secundarios o minoritarios, y… en este costal solemos meter precisamente uno de los de mayor importancia y magnitud, pero también de los más invisibilizados: la opresión de la mujer en tanto tal, o si se quiere, el patriarcado.

La lucha de la mujer por su emancipación es múltiple, compleja, dolorosa, constante, holística, desgastante porque así es la opresión a la que se ve sometida… y frecuentemente es invisible porque muchas veces no nos damos cuenta de todas las formas, manifestaciones, momentos, espacios y magnitud de nuestra sujeción como mujeres y otras tantas ni siquiera percibimos que estamos dando la lucha contra ella. Es aquí precisamente en donde se encuentra una de sus principales dificultades.

La opresión de la mujer es múltiple. Dominada por el sólo hecho de nacer mujer, sin importar el país donde viva o la clase social a la que pertenezca o la cultura en la que sea formada, estará sujeta a todo un sistema de normas, costumbres, leyes, creencias, educación que al construirla como mujer social le impedirá disponer de su cuerpo y su mente libremente, y que no sólo eso, sino que se apoderará de su cuerpo y de su mente, formándolos, moldeándolos conforme las exigencias de género de ese sistema omnipresente aunque con manifestaciones diversas en cada cultura. Pero, además, las mujeres sufrimos la opresión capitalista según el lugar que ocupamos en la producción, nuestra etnia, nuestra posición en las estructuras de poder, o los intereses que el imperialismo tenga para nuestro país, o como simples habitantes del planeta. Podemos estar bajo condiciones de explotación, marginación, represión, desprecio, exclusión, imposición, injusticia, sufrir el saqueo de nuestros países y las consecuencias de la destrucción del medio ambiente, en especial si somos mujeres de los sectores populares, al igual que los hombres de estos mismos sectores.

Y si es múltiple nuestra opresión, nuestra lucha es también múltiple: las mujeres estamos presentes en todos los esfuerzos anticapitalistas al mismo tiempo que en las la batalla por nuestra emancipación en tanto mujeres. Como mujeres tenemos intereses comunes, como el derecho a decidir sobre nuestro propio cuerpo, sobre nuestro destino, sobre con quien relacionarnos, a no ser violentadas, a tener acceso a la educación, a la recreación, a la salud, al trabajo, a la política, a ser tomadas en cuenta y a no ser discriminadas, a un desarrollo integral y libre de nuestras capacidades humanas; a la valorización económica y social del trabajo reproductivo. Pero también tenemos intereses diferentes en tanto mujer trabajadora, mujer indígena, mujer migrante, mujer excluida, mujer campesina, mujer profesionista, mujer de un país dominado y saqueado por el imperialismo. Pretender descalificar o ignorar la importancia de uno u otro contenido de las luchas en las que participamos ha contribuido a la separación entre feminismo y movimiento social. Tan cierto es que el feminismo es parte de los movimientos sociales como cierto es que también tenemos intereses específicos de sector o clase.

Nuestra opresión es compleja. Reviste formas distintas porque el sistema que nos sujeta se nos ha inculcado de tal manera que lo hemos interiorizado transformándonos en sus agentes y lo reproducimos, aun inconscientemente. Porque en determinados momentos estamos dominadas por el patriarcado mientras en otros momentos nos comportamos dominadoras y patriarcales. Así, nuestra lucha también es compleja porque al mismo tiempo que necesitamos emanciparnos se nos ha invisibilizado, desvalorizado, despreciado, controlado tanto que llegamos a ser dependientes y a ser incapaces de romper, por nosotras mismas, círculos de dominio o relaciones de pareja y familiares destructivas. Es compleja también porque socialmente se nos culpa y entonces hemos aprendido a culpar a otras mujeres o a culpabilizarnos nosotras mismas de la sujeción a la que estamos sometidas, o no podemos dar los pasos para salir de un sentimiento de víctima, pasivo y destructivo. Es compleja porque frecuentemente la mujer no percibe que es dominada, o no percibe todas sus formas porque se le ha enseñado a que el rol de género asignado es algo natural. Todo esto dificulta que se asuma como sujeto de su propia emancipación.

La opresión de la mujer tiene un carácter holístico. Abarca todos los espacios de la vida. El productivo y el reproductivo. El cultural, moral y religioso. Abarca lo emocional, lo psicológico y lo físico. Se da a nivel social, comunitario, familiar e individual. En lo público y lo privado. Se nos imponen límites a nuestra libertad de decisión y acción en lo económico, político, en lo cultural, pero también en la más íntimo, en nuestras propias mentes. Las redes de sujeción lo abarcan todo, son relaciones de poder que incluyen el lenguaje, las emociones, las conductas, las normas y leyes, la literatura, las artes, la cosmogonía de cada cultura. Se manifiesta a nivel macro y micro. Así, nuestra lucha también es holística.

La opresión de la mujer es dolorosa. Somos dominadas y controladas en el círculo familiar, sea el primario o el secundario y en los diversos círculos sociales por los que transcurre nuestra vida, volviendo instrumentos opresivos a nuestros seres más cercanos afectivamente o con quienes tenemos que interactuar estrechamente. Los conflictos en sí mismo son estresantes pero lo son aún más y se vuelven dolorosos cuando se trata de los padres, hijos, pareja afectiva, amigos, compañeros de trabajo, o de lucha… de las personas que más amamos o con quienes más cercanamente convivimos, sean éstos hombres o mujeres. Dolorosa porque es también una lucha contra nosotras mismas, contra nuestro yo socialmente construido. Por otro lado es dolorosa porque una de sus manifestaciones-consecuencias es la violencia en todas sus formas: física, psicológica, emocional, simbólica, económica, verbal.

Se trata de una lucha constante, sin reposo. Los mecanismos sociales de la sujeción femenina empezarán a actuar desde el momento de su nacimiento, sin abandonarla hasta su muerte. Frecuentemente incluso desde antes de nuestro nacimiento y hasta después de nuestra muerte. Este círculo opresión-lucha no tiene reposo, cuando parece que hemos avanzado en un aspecto de nuestra emancipación, nos topamos con otros mecanismos de dominación.

Nuestra opresión es frustrante. No se ve fin a una situación tan fuerte y a la vez invisible, tan dolorosa y a la vez cotidiana, tan impuesta y a la vez interiorizada, porque si como mujeres no conocemos los mecanismos y orígenes de nuestra opresión la vivimos bajo la terrible frustración que implica el no saber siquiera la razón de nuestra angustia, de nuestra tensión, rabia, e insatisfacción. Y si logramos reconocer esos mecanismos y emprendemos racionalmente la lucha por nuestra emancipación nos topamos con las condiciones descritas en los párrafos anteriores.

Como resultado de esa multiplicidad, complejidad, totalidad, de lo dolorosa y constante que es nuestra situación, la lucha por nuestra emancipación es especialmente agobiante e implica, al menos en determinados momentos, un desgaste psicológico y físico palpables, que a menudo ni nosotras mismas entendemos. Es tan fuerte esto que muchas veces nos vemos obligadas a ceder para conservar el trabajo, para no conflictuarnos con quienes nos rodean, para conservar la pareja, para conservar un estatus social… lo que aplaza un rompimiento o una pérdida, pero se transforma en mayor desgaste psicológico.

La mujer y la lucha social

Los NO de las luchas actuales de la humanidad son un rechazo a sus diversos yugos: al capitalismo, al imperialismo, al racismo, a la discriminación, la guerra, la inseguridad, el patriarcado, la imposición, la represión y la destrucción. Los SI de las luchas sociales son numerosos: la identidad, el territorio, las emancipaciones, la igualdad, la justicia, la participación directa en la toma de decisiones, la autonomía, la libertad, la autogestión, por relaciones solidarias, fraternales y comunitarias; por la vida en el planeta, por la individualidad, por la paz y la seguridad… y tantas más como luchas sociales hay. Todas ellas, aunque diferentes tienen en común que son luchas que apuestan al futuro y a la vida y en ellas las mujeres tenemos una participación determinante. ¿Cómo podría no ser así cuando tenemos la necesidad de emanciparnos de dos de las manifestaciones de opresión que más profundamente han marcado a la humanidad? El patriarcado, que nos ha oprimido durante milenios, y el capitalismo que nos ha convertido en fuerza de trabajo sobreexplotada, en mercancía, en mercado, en moneda de cambio y en objeto desechable.

Hace unos días un amigo me comentó que a su pregunta sobre cuál es el reto actual para el movimiento social alguien le respondió que la esperanza: el ser capaces de inspirar esperanza.

Cierto, hay tanto hartazgo, el país ha pasado por tantas decepciones y atraviesa por una crisis económica, social y política tan grave que el desánimo parece apoderarse de la sociedad. Mantener la esperanza, generarla, es muy importante.

Y la esperanza, para serlo, tiene que producir un mundo alterno, diferente, no reproductor de las relaciones patriarcales y capitalistas que se pretende combatir. Tiene que ser una que ser al mismo tiempo un proyecto viable.

Una propuesta de esta naturaleza podría subsanar la gran deficiencia de los últimos tiempos en nuestro país: la falta de una propuesta que masivamente sea considerada legítima y unificadora al mismo tiempo que viable. de una propuesta que pueda hacer frente a las diversas dificultades que enfrentan los movimientos sociales y populares, como la represión, el control de la población por medio de los medios de comunicación, la desesperanza, la imposición del poder económico, militar, político y cultural del imperialismo, la fragmentación de la izquierda, la búsqueda de cambio que privilegia las soluciones heterónomas sobre las autónomas.

Autonomía o poder popular, el significado de ambos es generador de esperanza, cuyos cimientos se construyen en la medida que se construye poder popular entendido como proceso autonómico.

Puede tener deficiencias, derivadas sobre todo de la poca experiencia en la construcción y en el ejercicio de una autonomía en constante confrontación con un poder que avanza ahora hacia el dominio de los territorios, y de que los procesos autonómicos no abundan tanto ni son tan extensos o tan fuertes como para resistir un embate abierto y directo del Estado

Tres han sido, a mi parecer, las principales dificultades que han impedido la consolidación de los procesos autonómicos o generadores de poder popular:

Primera, la incapacidad de defender el proceso autonómico de los ataques económicos, culturales, políticos y militares que le son lanzados. Es decir no todos los procesos han podido defenderse de los ataques que les son infligidos, no todos han podido sobrevivir.

Segunda, aunque para iniciarse se presupone la existencia de cierto arraigo popular éste no ha sido lo suficientemente extenso y profundo. Al haber sectores de la población local que no participan en el proceso autonómico y más aún, que están contra ese proceso, surgen divisiones. Éstas pueden volverse muy profundas y graves hasta llegar a la confrontación violenta al interior de la población o colectividad en la que está surgiendo el esfuerzo. Lo que desde luego es alentado por el propio estado.

Y tercera dificultad, el localismo. Algunos procesos autonómicos no han llevado sus relaciones fuera del ámbito local. Aislados y viendo hacia el interior del propio proceso no toman conciencia de que forman parte de un movimiento autonómico nacional y mundial. Tal circunstancia les impide aprender de otras experiencias similares, de los fracasos y triunfos de otros. Les impide fortalecerse en la solidaridad y el intercambio.

Pero en mi opinión la clave está en la autonomía. Aún con las dificultades enfrenta. tiene una enorme ventaja: puede transformarse en el transcurso de la lucha misma. Se enriquece cada que se tiene que enfrentar los retos que las dificultades representan para los movimientos populares.

Una gran enseñanza que hasta el momento la lucha autonomista viene dando es que la respuesta a la exclusión que el sistema hace de la mayoría de la población no es ya una lucha para solicitar, exigir o disputar la inclusión en él, sino que una vez que estamos excluidos de él podemos construir uno nuevo, diferente y liberador.

Precisamente aquí radica la perspectiva de la lucha social y la esperanza en el futuro. El capitalismo es un sistema flexible que se ha moldeado encontrando formas de resolver sus crisis económicas, la exclusión de cada vez más personas es una consecuencia de esas soluciones, pues para sobrevivir, el capital se hace cada vez más excluyente. ¿Y cuál es la disyuntiva que pone ante esos sectores crecientes? Tratar de ser reconocidos e incluidos en el sistema o mantenerse al margen y con toda intención buscar formas alternas de vida y desarrollo. Muchos aspiran a la inclusión y con ello fortalecen al sistema. Pero muchos ya no quieren ser incluidos y optan por la construcción de un nuevo mundo, antisistémico. aunque sea de forma incipiente o marginal. En ellos está el futuro, ellos son, ellos somos los sujetos de una transformación anticapitalista de la sociedad, y el capitalismo aumenta nuestro número, de nosotros depende hacernos más fuertes.

Los esfuerzos autonómicos son prefigurativos de un nuevo sistema. Significan el rechazo a las instituciones de opresión y la generación, aunque embrionaria, desde abajo, de los instrumentos liberadores.

La mujer en la lucha social, dificultades y perspectivas

La de la mujer es una de las luchas sociales actuales de mayor importancia, por el extenso sector que abarca, porque atañe a otros sectores sociales, porque es emancipadora, porque ataca los cimientos culturales de dominio más arraigados y rompe con las relaciones de poder existentes para crear unas más equitativas. Porque es una de las luchas antisistémicas.

Pero ¿Es igual la participación en la lucha social para hombres y mujeres?

La nuestra es una lucha que emprendemos con una enorme carga de dificultades. Lo múltiple, compleja, holística, dolorosa, constante y desgastante de nuestra opresión la hace especialmente difícil. Carga que aumenta cuando participamos en las luchas de otros sectores. Las mujeres no únicamente vamos tomando conciencia de nuestra sujeción sino que emprendemos luchas por nuestra emancipación, al mismo tiempo que nos hacemos sujetos de transformación de toda la sociedad para lograr cambios que beneficien a todos, sin distinción de género. No solamente nuestra situación nos ocupa: estamos en todas las luchas, en todas sus formas y expresiones.

Participar en cualquiera de las luchas sociales, pero aún más en la nuestra como mujeres, nos exige superar muchas de las restricciones impuestas a nosotras como rol de género. Implica vencer obstáculos diversos que van desde discusiones y conflictos familiares, sentimientos de culpa y chantajes emocionales por no cumplir el rol de madre y esposa que se queda en el hogar. Esto para muchas llega al tener que decidir entre la pareja o su participación como luchadora social; significa a veces encontrarse con que las propuestas no son escuchadas por los compañeros de lucha. Para muchas mujeres su actividad en la lucha social implica vencer las limitaciones psicológicas y físicas que se han grabado en su cuerpo y mente sólo para encontrarse que en el movimiento o en la organización le asignan las mismas tareas de género que desempeña en casa. En otras ocasiones nos encontramos con que en las organizaciones y en los movimientos sociales se refleja y reproduce la violencia hacia nosotras en todas sus formas. El movimiento social no es un espacio liberado para nosotras, sino que tenemos que trabajar ahí también para que lo sea.

“El lugar que ocupamos las mujeres en las barricadas, en los puestos de socorro, en la radio no nos lo dio nadie, lo ganamos nosotras. Nadie dijo ven compañera aquí está un lugar para ti.”

“Mi padre y mis hermanos no querían que fuéramos cuando en la radio llamaron a defender las antenas, porque decían que era peligroso, que no podíamos… como si ellos si estuvieran bien entrenados para eso… nos dijeron que sólo podíamos irlos a dejar en la camioneta…mi cuñada y yo los fuimos a dejar y nos regresamos y todo el camino lo hicimos enojadas… llegando a la colonia tocamos las campanas… se llenó un urbano, muchas eran mujeres que se habían quedado, también llenamos de gente la camioneta y nos así nos fuimos todos a defender las antenas…”

Los anteriores son testimonios de dos jóvenes que participaron en el movimiento de la APPO en 2006.

Hace unos días leí una cita de Isabel Allende que ilustra la relación de un sexo sobre el otro.

“Es mejor ser hombre que mujer, porque hasta el hombre más miserable tiene una mujer a la cual mandar”.

¿Quién puede querer perder un poder así? Quien lo ejerce no. El poder que confiere el patriarcado a lo masculino es un privilegio que los hombres no perderán voluntariamente. Las mujeres no podemos esperar nuestra emancipación de quienes detentan el poder. Ni del capital que nos ha convertido en mercancía y en objetos desechables. Ni de gobiernos que administran los intereses del capital en cada país. Es algo que solo nosotras mismas podemos ir construyendo. La nuestra no puede ser un esfuerzo heterónomo, tiene que ser lucha autonómica que necesita romper viejas estructuras y crear las nuevas, es generadora por necesidad.

Al dar las otras luchas rompemos parcialmente estas ataduras. Esa experiencia es liberadora y contribuye a nuestra emancipación como mujeres, pero no es suficiente: siempre es necesaria la lucha propia, la que se da cotidianamente tomando nuestras decisiones respecto a nuestro cuerpo, a nuestra sexualidad, a nuestra vida, profesión, trabajo, participación política. Por eso nuestra lucha es autonómica y forma parte inseparable de la lucha autonómica de toda la sociedad.

Esta participación en las luchas sociales, ya sea por nuestra propia emancipación o en las de otros sectores, exige que venzamos dificultades y que afrontemos retos por el sólo hecho de ser mujeres. . Pero también por ese mismo hecho abre perspectivas para nosotras mismas y para la humanidad.

Hay historias de mujeres que tuvieron que disfrazarse de hombres para acceder a lo que como seres humanos tenían derecho pero que por su condición de mujer les estaba vedado. Ahora queremos ejercer nuestros derechos siendo y pareciendo lo que somos: mujeres.

Y uno de nuestros derechos es no sufrir violencia, en ninguna de sus variantes.

Nuestra lucha reúne varias características en las que radica su perspectiva de vida. Nace de la exclusión, es autónoma, generadora de lo alterno, prefigurativa. Ese mundo alterno que estamos generando, prefigurando desde ahora y no sólo imaginando para el futuro, es un mundo sin violencia hacia la mujer. Sin niñas abusadas sexualmente, sin niñas maltratadas, sin violencia intrafamiliar y social por ser mujer, sin feminicidios, sin esclavitud sexual, sin hostigamiento , violencia o extorsión hacia las trabajadoras sexuales que ejercen por libre decisión propia.

La violencia hacia la mujer y las niñas es inadmisible e injustificable, en donde quiera que se de, sea en la familia, en la calle, centro de trabajo, en las estructuras religiosas, en los movimientos sociales. No a la violencia en todas sus formas.

Cero tolerancia a la violencia hacia la mujer.

23 de noviembre de 2010

Publicado por mujeresylasextaorg

Mujeres que Luchan, adherentes a la Sexta Declaración de la Selva Lacandona.

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