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Un Tractor en Común y el Caso del Perico Loco
III.- El Amor y el Desamor según la Inteligencia Artificial.
No sin sorpresa, nos dimos cuenta de que las “transcripciones” de nuestras participaciones orales en los distintos semilleros, o no tenían nada que ver con lo dicho, o perversamente cambiaban el sentido original, o lo confundían (más, pues). Somos comprensivos, pensamos que eran malas jugadas de los “auto correctores” de los distintos procesadores de texto. Ustedes ya saben, ese empecinamiento (palpable en los celulares “inteligentes”) de cambiar lo que escribes con lo que se le pega la gana al algoritmo. Si usted le escribe a alguien “te extraño en mi corazón”, el corrector hace su “trabajo” y lo que llega dice “tengo extraños en mi cuarto”. No pocas broncas de pareja surgen de esos teléfonos “inteligentes”.
Entonces les preguntamos. Y nos respondieron, con orgullo, que usaron un programa de Inteligencia Artificial al que, por sólo 20 dólares al mes, le mandas el audio y te regresa una transcripción. Pero la IA tiene problemas de oído, porque donde se dijo “una aseveración del tipo “El Policía Anarquista quiere que su hijo sea como él””, se transcribió como “una aceleración del policía artista quiere que su alijo sea como él”. En otro caso usaron los subtítulos de You Tube. En otro más la aplicación de un procesador de textos que “escucha” y escribe. Todo con resultados semejantes.
Jordi Soler, en un texto en su columna en Milenio Diario (“La Melancolía de la Resistencia”, 5 de mayo 2026), señaló el proceso de crear y formar idiotas, la idiotización, como una tarea de la Inteligencia Artificial (“IA” de aquí en adelante).
De acuerdo, yo agregaría la pereza mental y la haraganería. ¿Para qué leer y tratar de abstraer lo esencial de un texto si la IA te hace una síntesis en unas líneas? Pero no sólo eso:
Cuando el arte cinematográfico saludó y permitió la llegada de la “pantalla verde” (o azul, no recuerdo), privilegiando así “los efectos especiales” y el impacto visual, olvidó que eso iba en detrimento del guion, la dirección, las actuaciones, las locaciones, la producción. Es decir, el Cine como tal. Aparecieron así películas de superhéroes, monstruos, catástrofes e invasiones extraterrestres, donde el actor o la actriz sólo tenía que poner cara de espanto o de “no te preocupes, todo va a estar bien”. La pantalla verde permitía que la heroína (no olvidar la paridad de género) derrotara la invasión alienígena con un prensa-pelo. Asombroso.
Pero, detrás de la pantalla verde, vino la IA y, con ella, la creación no sólo de personajes, también del oficio de la actuación… y de guionistas, de la producción, la iluminación, el vestuario, el doblaje, la postproducción y de los etcéteras que, todavía, conforman “el séptimo arte”.
Detrás de cada evidencia incuestionable, viene una derrota factorial, es decir, una derrota a la N potencia, una caída que lleva a otra y a otra y así. Porque “la IA te ahorra trabajo y tiempo”, ergo… La IA viene siendo simultáneamente el productor, comercializador y “dealer” de la amable droga de la pereza mental.
Detrás de los “resúmenes” de la IA, viene la derrota de unas de las características del ser humano: pensar. Y sus manifestaciones: leer, escribir, pintar, cantar, jugar, componer, bailar, escribir, discutir, proponer, etcétera. Es decir, crear… y luchar.
Cada oferta que le hace a usted el sistema para ahorro de trabajo, esfuerzo, dedicación, compromiso, esconde un intento de suplantación. Y, claro, ningún ahorro económico. Al contrario.
La IA escamotea el verdadero costo: el asunto no sería que llegue a independizarse y se ponga en contra de su creador (Skynet en el horizonte próximo), sino que provoque en él, el ser humano, un ser haragán física y mentalmente, que siga al algoritmo de “la mayoría” como nuevo flautista de Hamelin… con el precipicio ya en el horizonte cercano.
Imagine usted que, está por darle “like” a una publicación que le gustó y la IA le señala “Warning: su “like” va en contra de lo que dice la mayoría y va a provocar que baje el número de sus seguidores y, por tanto, su índice de popularidad.” Pavor.
En las artes, la IA podrá (o puede ya) escribir una novela y tener éxito porque ha usado el algoritmo y sabe que la muerte del malvado es más bienvenida que la del héroe. O viceversa. Y puede decretar que tal combinación de colores, trazos, composiciones, en pintura, escultura, música, tendrá “éxito”, es decir, popularidad, mayoría. Según esto, la IA puede “copiar y reproducir” las notas musicales, secuencias y ritmos de, digamos, Mozart, y “componer” una partitura.
Se empieza copiando, se sigue luego suplantando, y se termina supliendo y eliminando.
Un ejemplo: le encargan a usted, en la materia de “lectura y comprensión” (no sé si exista todavía), la obra literaria conocida como “El Quijote”, esto es “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha”, del hispano Miguel de Cervantes Saavedra (quien vivió durante un período -1547 a 1616- del llamado “Virreinato” y que, por tanto, le debe pedir perdón a la 4T… para que continue despojando territorios de pueblos originarios). Usted, en lugar de buscar el libro y leerlo, entra a internet, googlea cualquiera de las dos frases y se encuentra con que…
“Don Quijote de la Mancha no tiene una cantidad fija de páginas; varía según la editorial y el formato. Sin embargo, en las ediciones completas más reconocidas, como la de la Real Academia Española (RAE), el libro ronda las 1.424 páginas”
¡Uff!, se dice usted, ¿y en cuánto tiempo se lee eso? De nuevo la IA:
“Leer El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha te tomará, en promedio, 27 horas de lectura continua. Con una extensión de alrededor de 1,000 páginas, la mayoría de los lectores invierten entre 2 y 3 meses en una lectura pausada y constante, aunque si dedicas entre 30 y 45 minutos al día, podrías finalizarlo en unas 3 o 4 semanas”.
“Demasiado”, piensa usted, “en ese tiempo puedo postear muchos comentarios (sugeridos por la IA, claro), y dar muchos “likes” y “dislikes” (también orientados por la IA)”, así que decide mejor consultar un resumen. La IA:
“El Quijote es el símbolo universal del idealismo, la libertad y la lucha por los sueños. Representa la eterna confrontación entre la realidad y la fantasía. En la actualidad, el adjetivo «quijotesco» se utiliza para describir a una persona idealista que antepone sus nobles valores a su conveniencia.”
He realizado estas “búsquedas” en internet y, cada vez que tecleo la consulta, la IA pone la palabra “pensando”, mientras el círculo giratorio te advierte que no interrumpas. Pero, si pone usted atención, en letras pequeñas aparece de dónde sacó la IA ese resumen: ¡de YouTube! Es decir, usted ha tomado una decisión (no leer el Quijote porque son muchas páginas), dar por bueno un resumen y asumir que, prácticamente, lo ha leído; todo esto basado en el algoritmo que decide la fuente de información y su veracidad basado en su popularidad, es decir, en las mayorías (tiene muchas “vistas”).
Todo esto viene al caso porque, revisando periódicos y revistas (en las redes sociales sólo veo videos de perritos y gatitos), veo que, lo que empezó como consejos y recomendaciones para, por ejemplo, el sexo; ahora son dictámenes: “¿Estás teniendo relaciones sexuales adecuadamente? La IA te dice lo que estás haciendo bien y lo que haces mal”.
De la historia de “los castristas” que me refirió el Subcomandante Insurgente Moisés, quedé pensando en lo de “las mujeres comunes”, en cómo fue lo que preocupó al ciudadano como parte de sus propiedades, incluso por encima de otras cosas más lógicas: su vehículo, su casa, su celular, su computadora, etcétera.
¿Es la relación de pareja heterosexual una relación de propiedad, de posesión? ¿Un feudo donde el varón -y en algunos casos, la hembra- es quien impone la vida y, no pocas veces, la muerte? No hablo de celos, sino de esa relación tan defendida incluso por el progresismo, donde hay un propietario y una propiedad. Y que lo personal se trastoca en símil de la propiedad social: mis medios de producción, mis trabajadores, mi marido o mi marida, mis hijos, mi Dios, mi religión, mi color, mi raza, mi lengua, mi modo, mi calendario, mi geografía. Mi, me, conmigo.
Se ha realizado un salto imposible entre una realidad impuesta a sangre y fuego, y el ámbito de lo personal y privado.
Las distintas diferencias, los “otros amores” como solemos decir los pueblos zapatistas, se contraponen a una “normalidad” impuesta. La persona hetero considera que su “modo” es y debe ser universal. Para ello llamará en su auxilio a la religión cuantitativa: “somos mayoría y, por lo tanto, tenemos la razón. Y quienes no son mayoría son culpables de eso, de no ser parte de la mayoría.” Y por eso es “normal” la violencia contra “loas otroas”. Esta lógica, que es palpable en redes sociales y medios de comunicación, se reproduce o se refleja en lo individual. La persona es forzada a entrar al aro, esto es, a ser y parecer “normal”, como la mayoría. A la diferencia, el “amor” mayoritario le ofrece un closet.
La frase lapidaria que, me parece, iluminó el mayo francés del 68, es toda una descripción de las sociedades civilizadas modernas: “Come mierda, millones de moscas no pueden equivocarse”. El “sentido común” se convirtió así en un remedo del “sentido mayoritario”.
Esta aberración, podría ser normalizada por la IA, puesto que su fuente de datos son los que se presentan como más “populares”. Incluso el oficio de gobernar ahora es el oficio de ser “popular”. Por eso la IA recomienda reunirse y tomarse fotos con BTS, con U2 y con Black Rock (el verdadero “dueño del mundo” por la cantidad de paga que mueve, -no aparece en la lista de las mayores riquezas-) que reflejan juventud, nostalgia y “realismo en macroeconomía”; y recomienda no reunirse con las madres buscadoras, con la CNTE, con los productores del campo, con los originarios que escapan al control gubernamental, con activistas ambientales, con opositores a megaproyectos, a la gentrificación y a la demagogia como suplente de la justicia; en fin, con todo eso que refleja incapacidad, corrupción y la dura y testaruda realidad con la que topa a diario el progresismo.
Entonces podríamos decir que, para la IA, el amor y el desamor dependen de la fuente consultada… y del apoyo mayoritario. Triunfarás en el amor, o fracasarás, de acuerdo con el sentir de las mayorías, supuestamente consultadas por IA, pero en realidad moldeadas por ella. “Ser popular”, este anhelo adolescente de la prepa -o “high school” o bachillerato-, es ya la aspiración que rige las sociedades y los gobiernos de la modernidad.
¿Por qué sufrir el sentimiento de tener un hoyo en la panza, provocado por el Amor o el Desamor, si te quitas del problema de construir una relación simplemente “bloqueando” o cambiando de avatar… o de número? Sí, antes se cambiaba de canal si algo no te gustaba. Ahora, si la realidad no te gusta, sólo cambia de celular. Eso sí, que tenga la IA más veloz.
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Por lo demás, con o sin IA, el objetivo del sistema no es otro sino generalizar la resignación. Si las religiones ya no lo consiguen, la tecnología lo intenta. Justo como ahora fomenta la resignación frente a la masificación de la duda, de la crisis de identidad, de la incertidumbre, del caos ordenado desde arriba. No para provocar desorden, sino para que se anhele el orden. Resignarse ante la catástrofe es el primer paso para luego necesitarla.
En “la modernidad” que padecemos, nada hay más subversivo que pensar. Bueno, tal vez sí hay algo más irreverente: organizarse. Y para organizarse, amigos y enemigos, -como para el tango y para hacer el amor… o el desamor-, se necesitan al menos dos.
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Nota: si escribí una tontería, debe ser por la Inteligencia Artificial que cambió lo que quise escribir. Ni modos.
(continuará…)
Desde las montañas del Sureste Mexicano.

El Capitán (en ausencia de la IA).
Mayo del 2026.