



https://enlacezapatista.ezln.org.mx/2006/05/01/jornada-de-trabajo-del-30-de-abril-en-el-df/
Magdalena Contreras, Distrito Federal.
Encuentro con mujeres.
30 de abril del 2006

¡Buenos días!, ¡órale!…Buenos días compañeros, compañeras.
Sigue siendo paradójico que en esta reunión esté representando al Ejército Zapatista de Liberación Nacional un hombre. Quiero explicar un poco de esto y un poco la historia que ha sido la lucha de las mujeres zapatistas, no sólo hacia afuera, sino sobre todo hacia adentro, dentro de esa estructura fundamentalmente machista, que es un ejército, por muy zapatista y muy de liberación nacional que sea.
Cuando empezó nuestra lucha —en las montañas del Sureste mexicano—, éramos apenas un puñado de hombres y mujeres: seis —ya lo he contado en otras partes. Y traíamos este sueño, de que llevábamos la luz. Que éramos portadores de la luz para el oprimido, para la oprimida, y que bastaba que nos vieran o nos escucharan para que las masas —en este caso indígenas— se sumaran a nuestra causa.
A partir de su primer contacto con las comunidades indígenas, el EZLN empezó a sufrir un proceso de transformación, no sólo en su planteamiento político, sino también en el lugar de las mujeres.
Aunque fue el viejo Antonio el primer puente que se tendió entre las comunidades indígenas y lo que era propiamente la estructura político y militar del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, apareció entonces también una mujer —de edad ya—, su compañera del viejo Antonio, Doña Juanita —le decíamos—, que empezó a plantear también una serie de cuestiones respecto a lo que era el lugar de la mujer en las comunidades indígenas.
En varias partes se ha mencionado del potencial de explotación que hay sobre la mujer, en tanto que es mujer, en tanto que es pobre, y empezamos a plantear esto nosotros, en tanto que es indígena. Seguía chocando dentro del discurso zapatista, no sólo el planteamiento del vanguardismo o del que un pequeño grupo de iluminados iba a convocar al resto de la población, sino también al que el discurso sobre la mujer fuera, naciera más bien, de los hombres.
Hay cosas, muchas cosas, que los hombres no pueden entender —porque son hombres— y que se refieren a las mujeres. Y no me refiero sólo a la maternidad o al periodo, sino sobre todo a toda la estructura de educación y de formación —de deformación— que hay en una sociedad. Si en las comunidades ciudadanas —decimos nosotros— o urbanas existe este proceso de deformación respecto a lo que es el ser mujer, en el caso de las comunidades indígenas es todavía peor.
Las mujeres, cuando nacían mujeres, significaba ya para ellas un destino marcado: no sólo en la cuestión de trabajo, sino también en la cuestión sentimental y también dentro de la estructura de las comunidades. Aunque las comunidades indígenas han desarrollado un proceso de vida comunitaria que les ha permitido resistir los intentos de destrucción de parte de las distintas invasiones e intentos de conquista, esto siempre había apartado o puesto a un lado a las mujeres.
La diferencia entre los niños y las niñas no se daba en el proceso del trabajo, porque tampoco, tan pronto —perdón— alcanzaban la edad necesaria, tenían que emplearse ambos en el trabajo. Las niñas para ir a recoger la leña, que iba a ser el trayecto que iban a seguir a lo largo de toda su vida: la leña, la cocina —en ese, en ese sentido nuestras cocinas son muy elementales, es un fogón en un solo cuarto, que al mismo tiempo es el comedor, el dormitorio, la sala—.
A la hora que la niña empezaba a acompañar a su madre a ir por la leña y a aprender a moler el maíz, a hacer el pozol, a cuidar a los niños, estaba ya preparándose para lo que iba a hacer el resto de su vida hasta su muerte.
En el caso de los niños, igual, acompañaban a sus padres a la milpa o al cafetal, y también ese iba a ser el trayecto que iban a seguir por el resto de su vida.
Las cosas no hubieran pasado más allá de eso, de que el discurso del EZLN —como el de muchas organizaciones de izquierda— no fuera más allá de la palabra respecto al lugar de la mujer, respecto al respeto que se merece, respecto a la igualdad, respecto a la diferencia de lo que es ser mujer, si no es que las mismas mujeres, si no es porque las mismas mujeres tuvieron que conquistar un espacio ahí.
A veces, a nivel muy esporádico, aparecían en la organización zapatista —y les estoy hablando de los primeros 10 años de oscuridad o de sombra cuando no éramos conocidos—, eventualmente en los pueblos aparecían compañeras como Doña Juanita, que planteaban esto de que era necesario que las mujeres también tuvieran un lugar en una organización que se decía que era para todos y para todas —en este caso para los indígenas y las indígenas—.
Pero pasó todavía mucho tiempo hasta que un grupo de mujeres indígenas ingresó a las filas del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, como insurgentas. Y en ese sentido, en tanto que indígenas, empezaron a sufrir otro proceso que rompía completamente con la línea tradicional en la formación de las mujeres. No sólo se trataba de aprender a leer y a escribir —que es una obligación de los insurgentes y las insurgentas y de recibir educación básica—, y no sólo se trataba sólo de portar un arma y saber usarla, sino que dentro de su desarrollo empezaron a tomar cargos de mando.
Nuestra estructura militar es muy simple: hay tenientes, hay capitanes, hay mayores, hay tenientes coroneles, hay comandantes y comandantas.
A la hora de que estas compañeras —las insurgentas— empezaron a tomar cargo como subtenientas o tenientas, o como capitanes o como capitanas, empezó a aparecer esta primera ruptura de mujeres que estaban al mando de hombres.
El mando en el Ejército Zapatista de Liberación Nacional —contra lo que se pueda pensar— no es el que manda, sino el que responde por su unidad, el que responde por su colectivo. En esos 10 años de silencio, de oscuridad, el trabajo del mando en una unidad nuestra, quería decir que tenía que responder porque sus compañeros y compañeras aprendieran, se instruyeran. Aprendieran a ser soldados, a ser soldadas, pero también aprendieran a ser humanos.
Cuando bajamos por primera vez a un pueblo —que era el pueblo del viejo Antonio—, el primer choque entre las comunidades indígenas por el lado femenino y el Ejército Zapatista de Liberación Nacional se da cuando se ve a mujeres dar órdenes, dar indicaciones a un grupo de varones —que eran de su unidad—. Y la segunda ruptura se da cuando los varones obedecen esa orden.
Lo que significaba para las comunidades indígenas, para las mujeres, no sólo que una mujer pudiera tener cargo, sino que pudiera mandar a los hombres. La ruptura que eso significó dentro del ser femenino —en las comunidades indígenas— no alcanzaría yo a explicarla, sino que sería labor precisamente de las compañeras que ahora tienen cargo, de las comandantas que vendrán en la segunda vuelta para platicarles a ustedes de este proceso.
Insisto en esto porque esta es la visión de un hombre, sobre lo que vio en un proceso de mujeres. Y evidentemente estoy editando inconscientemente —o concientemente— el punto de vista de la mujer, de la mujer zapatista.
En este proceso de ruptura empezó a crear lo que nosotros decimos “bulla” en las comunidades, discusión, inquietud, agitación, entre las mujeres, jóvenes primero y luego entre las mujeres de edad —o sea entre las mamás y las abuelas—.
Este proceso de inquietud llevó también a que las mujeres empezaran a conquistar un espacio, primero, en las actividades artísticas y culturales que se hacían en los pueblos. Contra lo que se pueda pensar, la vida cultural en las comunidades indígenas zapatistas es muy intensa: casi con cualquier pretexto se hacen fiestas, donde sea, ahí lo que ellos y ellas llamamos el “programa cultural”. Se dicen poesías, se cantan canciones, se hacen obras de teatro —que allá nosotros llamamos señas— y se hacen eventos deportivos.
Hasta antes de esta aparición, el lugar de la mujer en estos eventos de la comunidad de por sí, era el que están sentadas y esperan a que alguien las saca a bailar. Debido a la comunidad zapatista, a sus costumbres como comunidad indígena, las mujeres y los hombres no entraban en contacto físico. Se ponían en línea de tiradores —decimos nosotros—, se ponían en línea las mujeres y en línea los hombres, y empezaban a bailar así con nuestro modo, que permite que alguien pueda bailar durante muchas horas sin cansarse, porque casi no se mueven del lugar de donde están. Hasta entonces no había contacto físico, ninguno.
Las relaciones sentimentales se construían en lugares que les van a dar risa, pero era pues la costumbre, que era a la hora que iban a lavar la ropa al río, y el muchacho hacía contacto con la muchacha ahí, pero sólo visual. Eventualmente intercambiaban algunas palabras. Y el varón —por lo regular entre los 15 y los 16 años— y la mujer —entre los 13 y los 15 años— entraban en relación para el resto de su vida, a través de sus padres.
El varón iba con el papá y le decía que quería casarse con tal muchacha, no había noviazgo ni ninguna relación previa. Y el papá y la mamá iban a visitar al papá y la mamá de la muchacha. Y había una relación de compraventa —literal—. Los padres del varón tenían que hacer una serie de regalos y de visitas. Cuando llegaban los papás del varón no pasaban de la puerta. La familia de la muchacha recibía nada más los regalos a través de un mensajero. Y tenían que pasar varias vueltas, que llevaran estos regalos, para que pudiera pasar la familia.
Y entonces entre padres —fundamentalmente entre los varones— se daba esta relación tan sencilla que es: como que “mi hijo quiere casarse con tu hija”. Y el papá decía sí o no, o se hacía del rogar para estar recibiendo más regalos. En concreto se estaba dando un acto de compraventa. En ningún momento se consultaba a la muchacha si estaba de acuerdo en casarse con ese muchacho, ni había un proceso previo de conocimiento.
Si había un acuerdo, se pactaba el casamiento. Nada más se investigaba si no había una línea de parentesco que impidiera que fueran pareja, o sea una línea de consaguinidad —algo así pues, la de la sangre pues—, eso, ellos lo explican mejor —porque en tzeltal se explica más claramente—, para que no hubiera problemas en el pueblo.
Cuando un pueblo agotaba su posibilidad de relación consanguínea, entonces, las autoridades del pueblo invitan a la fiestas a los muchachos de otro pueblo, para que vean a las muchachas y no tengan que casarse entre primos o entre gente cercana, sino se empiece a dar esta relación —otra vez de compraventa— pero a través de… entre un pueblo y otro, ya no sólo en un mismo pueblo.
Ésta era la relación, y en el momento en que se daba el casamiento, la mujer, la muchacha —por lo regular menor de 16 años—, conocía al que iba a ser su pareja por el resto de su vida —porque la cuota de divorcios allá es bajísima—, por el resto de su vida, el padre de sus hijos, en el momento en que se amarraba con él para siempre.
A los 15, 16 años, quería decir que a los 18, 19, una mujer tenía dos o tres hijos —porque también el índice de fertilidad es muy alto ahí— y podía llegar a los 25, entre los 25 y los 30 años, con una apariencia física de desgaste como si tuviera 50 o 60 años.
Las mujeres no llegaban a ser mayores, aunque lo aparentaban. Las mujeres de edad, las abuelas —en este caso— andaban entre los 30 y los 40. Y difícilmente rebasaban los 60 años de edad, morían en esas fechas. Y los hombres, los varones, llegaban un poco más: digamos entre los 60 y los 70.
Entonces este proceso que lleva a pensar a las mujeres, a las mujeres indígenas zapatistas, esto que nos va a empezar a repetir el sistema, en todas partes, es: que así son las cosas. No es posible, no hay un espacio de cuestionamiento que sea construido desde afuera. En la medida en que el EZLN estableció esta relación con las comunidades indígenas, pudo —y tuvo que elegir—, pudo haber tratado de imponerse desde fuera para modificar estos usos y costumbres, que tan insultantes son para las mujeres en todo el mundo.
No fue necesario, porque a la hora que se da este primer choque que les digo, entre lo que es el lugar de la mujer dentro de la estructura del ejército, y a contra pelo de lo que pasa en las comunidades, las hijas, las hermanas —que eran las que estaban de insurgentas— cuando iba a visitar a los pueblos, empezaban a contar el proceso que se estaba viviendo en la montaña.
El único mérito del EZLN sobre el proceso de evolución brutal que siguió el papel de la mujer zapatista más adelante, es éste: el haber permitido o el haber provocado que hubiera esta relación directa entre la estructura político-militar y las comunidades. Es esta relación la que luego va a modificar todo el discurso zapatista, y que es el que nace a la luz en 1994, muy diferente al de 1983, que es cuando nacemos realmente como EZLN.
En las comunidades indígenas zapatistas empieza a ocurrir este proceso de lucha de las mujeres por ocupar un espacio dentro de la organización. Y empieza a producirse algunos cambios, pero todavía no son perceptibles. Y no son perceptibles porque el poder económico sigue estando en manos de los varones. Un poder económico raquítico, el único ingreso económico en las comunidades era el de la venta del café.
Toda la familia es la que va al cafetal, para sacar el café. Toda la familia trabaja en el secado y en el embolsado. Pero es el varón el que va y lo vende en la ciudad. Es el que recibe el dinero y es el que decide finalmente como jefe familiar, qué es lo que se hace con el dinero.
Y en ese sentido, el varón decide como varón qué es lo que se necesita. Por lo regular —si es que no se lo toma en trago o no se lo tomó en trago en la cabecera municipal, que es donde fue a vender el café—, él decidirá qué es lo que, en qué se va a gastar ese dinero.
Entonces en ese sentido el margen de rebeldía o de lucha propia de la mujer estaba muy marcado, muy limitado, porque finalmente el que tenía el poder económico que acotaba el lugar de la mujer era el varón.
Sin embargo, aparece una generación de mujeres, entre las que está Ramona y está Susana —que es una Comandanta que va a venir en la siguiente vuelta a platicarles a ustedes de este proceso—. Esas dos compañeras, que son tzotziles, de otra parte. Porque nosotros estamos en varias zonas, y cada zona tiene su modo: el tzeltal, el tzotzil, el chol, el tojolabal, el zoque y el mame. Pero si en algún lugar esto era más cerrado era en la zona tzotzil. Y es precisamente en este lugar donde más se da la diferencia opresiva entre los varones y las mujeres, es en la zona de los Altos de Chiapas, en la zona tzotzil.
No sé por qué proceso —tal vez es algo que nos tenga que contar Susana— es posible que nazca esta generación dentro del Ejército Zapatista de Liberación Nacional y empiece este trabajo —ojo—, no por arriba, porque ni Ramona ni Susana pretendieron llegar a cargos para convencer desde arriba que había que cambiar la situación de la mujer en las comunidades indígenas.
Siguiendo el modo que luego va a marcar nuestra forma de quehacer políticas, política perdón, Ramona y Susana optan por empezar a hacer trabajo en las comunidades. Empieza a aparecer esto de las reuniones de mujeres para hablar y para escucharse.
El hecho de que una mujer casada o que fuera en vísperas de casarse —porque esa era la gran división: las niñas, las que se van a casar y las que ya están casadas—, esto podía ser determinado físicamente, porque el modo en que se peinaban las compañeras significaban una señal para el hombre: si es que ya estaban, ya tenían pareja o no.
A la hora que eran los bailables, el varón sabía si a una muchacha a la que le iba a hablar, estaba casada o no, según como estaba acomodado su peinado, su trenza. Todo este código de entendimiento que hay dentro de las comunidades, empieza a sufrir una ruptura a la hora que empieza a haber reunión sólo de mujeres, donde no entraban los hombres.
Y no entraban, no porque estuviera prohibido, sino porque eran en horas, que era cuando los varones estaban en la milpa o en la cacería.
Y empieza a hacer esta reunión sin más objetivo que conocerse entre ellas y empezar a platicar de los problemas que se tienen. Esto significó un rechazo rotundo de los varones. ¿Qué hacía la mujer fuera de su casa, que no fuera recoger leña, o lavar la ropa o ir por el agua? Eso de que se empezaran a reunir empezó a sufrir un rechazo muy fuerte de parte de los hombres, que tampoco se planteó a nivel de asamblea, sino a nivel familiar. De eso yo creo que les va a contar más Susana cuando venga y otras compañeras comandantas como Esther, como Hortensia.
Este proceso de choque se da a nivel de la familia. O sea, abiertamente el varón no dice —que ya incluso tiene cargo—. Y esto es algo que va a marcar todo el desarrollo del EZLN, de gente que tiene cargo y es capaz —de todas las organizaciones políticas de izquierda— de alguien que es capaz de decir una cosa y hacer exactamente lo contrario.
Aunque a nivel de discurso el EZLN planteaba la igualdad de la mujer, a la hora de la familia, las mujeres no tenían ese derecho y se enfrentaban con la prohibición expresa de los hombres, e incluso con la violencia.
Eso no es de sorprender para nosotros —o para mí como varón o para los varones del EZLN—, lo sorpresivo es que a pesar de esa reacción, este movimiento se mantiene. Cómo Susana, Ramona y todas las compañeras que están empezando apenas este proceso, a pesar de la oposición de los hombres, siguen adelante con estos encuentros.
Conforme va avanzado el proceso, las mujeres zapatistas empiezan a plantear este problema que a ustedes les parecerá simple, pero allá era muy complejo: es que había una asamblea de los varones, que es la que tomaba las decisiones, y había una asamblea de mujeres, que es la que trababa o dejaba pasar esas decisiones. En colectivo, no individualmente, no sé porqué proceso, las compañeras zapatistas descubren que es uniéndose en colectivo —que es lo que les permitió sobrevivir como comunidades indígenas—, que pueden enfrentarse a este primer rechazo de los hombres.
La oposición a este machismo —o como le quieran llamar— de parte de los zapatistas, no se da en el hogar, sino se da en la asamblea, en la asamblea de mujeres. Y es ahí donde empiezan a cuestionarse muchas cosas, la fundamental es: porqué la orientación política —que es lo que estaba haciendo el Ejército Zapatista entonces: de organizar y explicar cómo estaba el mundo, cómo estaba nuestro país— sólo la recibían los varones y no las mujeres.
Las mujeres se enteraban de este proceso a través de los hombres, es decir, a través de la visión de un varón, con todo lo que esto significa.
Entonces, en determinado momento estas reuniones de mujeres —promovidas por estas compañeras, nuestras primeras compañeras— empiezan a plantear, primero, que también reciban ellas esa información y también puedan discutir. Y luego, que sea una asamblea de todo el pueblo y que ahí decidan por igual hombres y mujeres.
Imagínense en una sociedad donde la tierra, que es el medio de producción, está en manos de los varones, porque el derecho a la tierra —según la ley agraria de acá— es sólo para el varón, la mujer nunca es propietaria de la tierra. Y las asambleas son fundamentalmente para eso.
Entonces en el momento en que las decisiones de la comunidad tenían que incluir el pensar de las mujeres, significaba también para los varones y para la vida de la comunidad, un choque. Los varones y las mujeres sólo se reunían así en colectivo, en asamblea, a la hora de la iglesia y a la hora de las fiestas. Y aún así —como les digo— con una clara división de dónde estaban las mujeres y dónde estaban los hombres. De entre ellos, dónde estaban los solteros, y en ellas, dónde estaban las solteras.
Tanto en la montaña como abajo empieza a producirse este efecto. En la montaña es más atenuado, porque en la montaña el EZLN es una estructura vertical y autoritaria —eso no hay que olvidarlo, es un ejército—. Y entonces, en ese sentido, las mujeres son mujeres, pero también son soldados o insurgentas. Aunque se supone que no obedecen a alguien por ser varón, sino por ser el mando, no importa si es hombre o mujer, y en este caso también se le exige a los varones.
Entonces llega un momento en que el proceso éste, de rebeldía organizada, se desprende de lo que es el aparato político-militar del EZLN y adquiere este modo que tanta simpatía ha despertado en el resto del mundo: el modo de las mujeres zapatistas. Que tiene que ver con su modo de castellanizar —ya ven que hablamos muy otro—, o sea hacemos el español, le damos una vuelta muy otro a la hora que se mezcla con la lengua indígena. Empieza a surgir, a correr en forma paralela, y en este caso surge o se marcan más la figura de Ramona y de Susana.
Mientras en las comunidades empieza este proceso de destrucción a partir de la entrada de Salinas de Gortari al gobierno —que significó para nosotros una auténtica guerra de exterminio— , los que empiezan a plantear, las que empiezan a plantear este problema de destrucción de la comunidad son las mujeres. Y es porque han conquistado un lugar en la asamblea para ser tomadas en cuenta en su voz, aunque no todavía en la hora de las decisiones. Porque a la hora de decidir, votaban sólo los hombres, no las mujeres ni los niños.
Son éstas, las compañeras, las que empiezan a ver —porque lo ven— la muerte de los niños y niñas, donde ven cómo se va deteriorando cada vez más la alimentación, cómo las enfermedades pegan más duro. Y es a través de las mujeres que el EZLN empieza a plantear esto: “hay que hacer algo, hay que elegir”.
En ese proceso, las mujeres conquistan su espacio y empiezan a conquistar ya dentro de la comunidad, el tener cargo. A la hora que los varones no pueden sacar sus acuerdos porque las mujeres los bloquean, empiezan a ceder —ojo—, siempre por la lucha de las mujeres, nunca en la historia de la lucha del Ejército Zapatista de Liberación Nacional por concesión de los hombres, aunque en el discurso así estaba.
Este proceso de organización conquista dentro de las comunidades indígenas, la representatividad y el cargo, que es algo que no tenía tampoco precedente. Empieza a haber responsables locales de mujeres, responsables regional, perdón, responsables de región sí, y responsables de zona, que son las compañeras que tiene cargo —decimos nosotros— o tienen autoridad. Y ellas se dedican sobre todo a hacer trabajo en sus comunidades y a explicar dicen ellas: “lo que somos como mujeres”.
Y se da este encuentro, primero sobre el dolor, sobre el dolor de ser mujer en una comunidad indígena —por más zapatista que fuera— y luego sobre la esperanza de que hubiera un espacio donde esto pudiera cambiar.
Cuando se va acercando este proceso de exterminio y se va acercando el momento de decidir la guerra, las mujeres ya han conquistado esto que se ve aquí y allá atrás, que es la Ley de Mujeres. Que se construye por el paso de este grupo de compañeras, por cada una de las comunidades y preguntándole a las mujeres, a las mujeres ya zapatistas, ya organizadas, cuáles eran sus demandas.
En 1992, cuando se vota la guerra, me toca a mí pasar en cada una de las comunidades en la asamblea para plantearlo, son ya asambleas que deciden hombres y mujeres juntos, y aquellos que tienen “juicio” —dicen ahí—, que son los más jóvenes o niños que ya trabajan, que ya piensan, que argumentan pues sus razones, que son los que participan pues, en las asambleas y deciden.
A la hora que se va exponiendo el problema y se va planteando la decisión: “nos alzamos ya o esperamos”, el discurso más radical es el de las mujeres. Y el argumento es tan incuestionable como éste: “yo estoy viendo que mi gente, mi sangre, mi raíz, se está muriendo, y tenemos que hacer algo”.
Para entonces ya no está en discusión si ese movimiento que vamos a levantar es sólo de varones. El hecho de que hubiera insurgentas en la montaña, provocó que hubieran milicianas en los pueblos y por el otro lado se estaba dando este proceso que les digo de articulación y de toma de cargo por parte de las mujeres.
En ese sentido la guerra la votan hombres y mujeres, en las comunidades indígenas, fundamentalmente ese es la primera, la primera vez que hombres y mujeres se juntan para enfrentar un problema.
Mientras se están dando los preparativos, se decide, por parte de lo que ya después sería conocido como el Comité Clandestino Revolucionario Indígena, que son estos compañeros y compañeras que son los que tienen la autoridad moral, no el poder de mando, la autoridad moral para hablar con las comunidades y para entenderlas.
Nosotros usamos esta imagen de que para hablar hacia afuera está Marcos y para hablar hacia adentro está el Comité. Y al revés, el Comité le pasa a Marcos y Marcos habla hacia afuera, escucha Marcos, pasa al comité y pasa a las comunidades, todavía mediado al principio del 94 esto. Y que después ya con la salida de los Comandantes y Comandantas y de las bases de apoyo se ha ido diluyendo.
Pero en ese entonces se está planteando que es necesario hacer una serie de acuerdos antes de alzarse en armas contra el gobierno de Salinas de Gortari. Y se empiezan a plantear lo que es la ley, propiamente militar, que tiene que acotar lo que vayan a hacer las tropas zapatistas en la población civil. Se marca la diferencia entre los militares y los civiles. Y cómo en la relación entre ambos, manda el civil.
Cuando un insurgente o una insurgenta se enamoraba o quería hacer pareja con un civil, con una que no fuera insurgente o insurgenta, los usos y costumbres que predominan es el de los civiles, no el de los militares.
Entonces se empieza a plantear esto de la Ley Agraria, que era la preocupación fundamental de los varones. Y mientras está la discusión entre los varones, Ramona y Susana empiezan a construir lo que… No a construir, como ya a condensar la autoridad moral que habían ganado en las comunidades zapatistas, en las mujeres de las comunidades zapatistas.
Y levantan esto —que a algunos les parecerá absurdo acá en la ciudad— que es la Ley Revolucionaria de Mujeres. Y llegan a una reunión precisamente en los Altos, donde se junta todo lo que es el Comité Clandestino Revolucionario Indígena, para votar las leyes que se están proponiendo desde los pueblos. La Ley Agraria, no me acuerdo cuántas, pero eran varias leyes. Y ellas plantean ahí en la asamblea la Ley Revolucionaria de Mujeres.
Nuestro modo es que las cosas no se votan por mayoría, sino que se discute y se discute, hasta que se llega a un acuerdo común. Éste era el acuerdo que se había hecho para esas leyes, tenía que ser… no sé ustedes le dicen “consenso” o algo así —que es que los que están en oposición se quedan callados y los que están a favor gritan más y dicen: “no, pues mayoría o consenso” mayoría económica, no sé, ayer estuve en la reunión obrera y vi lo qué es el consenso—.
No, en este caso en la mayoría de las comunidades es: cada quien dice su palabra, algo, lo que sea, y se expresa formalmente. Entonces realmente se trata de que todos lleguen a un acuerdo —todas en este caso que era la novedad—. Y a la hora que las mujeres, Ramona y Susana, plantean la Ley Revolucionaria de Mujeres, yo estaba hasta atrás, en una asamblea, hagan de cuenta que estamos aquí, pero yo estoy a mero atrás, están los Comandantes y Comandantas.
Como somos de varias lenguas, el español nos sirve para comunicarnos entre nosotros. Como unos hablan tzoltzil, otros tzeltal, otros chol, otros tojolabal, otros zoque, otros mame, la forma en que son estas asambleas es por la castilla, por el español, pero en nuestra castilla —que ya saben que es muy otro—.
Y a mí me toca ver la reacción desde atrás —porque yo estoy llevando el apunte, porque a mí me va a tocar pasarlo a máquina—. Y es Susana la que se planta y dice: “nosotros tenemos una propuesta”. Y empieza a leer esto que está ahí o que está allá atrás —según lo quieran ver—. Y hagan de cuenta pues que a los varones les pusieron gusanos en la cola, y se empieza a mover todo mundo así en las bancas —porque allá nosotros usábamos palos pues para sentarnos, no sillas— y empieza a haber esta incomodidad, esta incomodidad marcadísima entre los varones, porque además estaban sentados —paradójicamente— a mi derecha y las compañeras —que eran un grupo muy pequeño comparado con el de los varones— a mi izquierda.
Y empiezan a murmurar en lengua, a grandes rasgos, pero con palabras más soeces diciendo: “ni madre, eso no va a pasar”, o “que lo aprueben, como quiera no voy a informar yo en mi pueblo”. Por lo que significaba eso, porque ya el aval del Ejército Zapatista, la autoridad moral del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en 1993 es poderosísima en las comunidades indígenas. El hecho de que cualquier palabra fuera aprobada por lo que ustedes conocen como el Comité Clandestino Revolucionario Indígena, significaba que es algo que se iba a hacer, no porque fuera impuesto, sino porque había emanado desde abajo.
Entonces empieza este murmullo, y a la hora de que se discute si alguien quiere hablar, los varones dando una muestra de hombría, no dicen nada, se quedan callados. Sí, pero tampoco dicen que hay que discutir si se aprueba o no.
Y es nuevamente, pero ahora Ramona, que no hablaba nada de español —bueno luego aprendió cuando estuvo acá, aprendió un poco cuando estuvo acá convaleciendo de la operación que se hizo—, pero entonces no hablaba nada. Y hasta entonces si una mujer hablaba traducía un hombre. De hecho en los diálogos de catedral, las entrevistas que se la hacen a Ramona y a Susana, son traducidas por un varón.
Y hubieran visto que era así —lastima que no teníamos cámara de video—, pero el varón a la hora de traducir estaba editando las partes de lo que estaba diciendo, de lo que estaba diciendo Ramona. Y más o menos a grandes rasgos el argumento de Ramona, ella decía: “esto no es que se nos ocurrió a nosotras, es lo que estuvimos viendo entre las compañeras en las comunidades indígenas, es nuestro pensamiento, es nuestro corazón, aquí está, la lucha tiene que tomar en cuenta este corazón que estamos poniendo”.
Y el varón estaba traduciendo: “que era una propuesta, que no era algo determinante, que podía discutirse, que no era urgente”. Sí, la verdad eh. Y es una insurgenta, que entiende tzotzil, que estaba ahí de guardia —porque nosotros teníamos que cuidar la asamblea para que no pasara ningún mal, que no fuera atacada—, es una insurgenta la que dice: “ni madre —textual—, ni madre, el compañero no está diciendo lo que se está diciendo”. Y entonces ella empieza a traducir en castilla para que lo entendieran los demás, y luego se da este proceso de traducción casi simultanea a las demás lenguas del argumento de Ramona.
Aun así los varones, también dando otro, otra muestra de hombría y de masculinidad, se hacen patos, como que no oyen nada. Y se empiezan a votar cada una de la leyes, y a la hora que llega —al último— ya como así, “ya nos tenemos que ir” —como ayer en el encuentro obrero, era de que ya bueno vamos a definir qué chingados es este movimiento— y se, pues la Ley Revolucionaria de Mujeres. “Este, no, luego lo vemos, y ya vamonos, y no sé qué”.
Y entonces ahí si los compañeros y compañeras que estaban organizando ahí y nosotros —porque nosotros no podíamos como EZLN salir de una reunión sin esa definición básica de las leyes, de las normas con las que íbamos a alzarnos en armas— dijimos: “no, pues tiene que decidirse si va, o no va”.
Y entonces se vota y pierde la Ley Revolucionaria de Mujeres, porque los varones eran mayoría en el Comité Central —¿en el Comité Central?— en el Comité Clandestino Revolucionario —ya tanto que ahí estás—, en el Comité Clandestino Revolucionario Indígena eran varones, se vota en contra.
Y entonces, Ramona y Susana, y otra compañera, empiezan a decir… O sea se dan cuenta que discutir —lo que ya se han dado cuenta todas—, que discutir con un hombre es inútil, en este caso, porque ya habían dado su argumentación. Y entonces se levantan y hacen algo que fue muy sencillo y dice: “está bueno —así palabras más, palabras menos—, está bueno, si no lo quieren la Ley pues de las Mujeres, nosotros no queremos la Ley Agraria”.
Entonces se rompe todo el acuerdo que se había hecho, porque no es posible avanzar entre lo que era la demanda fundamental de los varones —que era la Ley Agraria—, o sea estábamos aventados en la montaña, sembrábamos entre las piedras —los que han ido para allá saben lo que eso significa— y la tierra que necesitábamos y que merecíamos estaba en la planada. Si no se normaba eso, a la hora que avanzáramos sobre las ciudades y tomáramos las fincas, era el que llegaba primero, el que llega primero es el que va agarrar. Tenía que estar normado para que esas tierras que se iban a tomar, sí fueran repartidas en colectivo y todos tuvieran acceso a ellas.
Entonces los varones deciden que no se ha discutido lo suficiente, que no hay que irse todavía. Y entonces no quiero faltar al respeto pues a nadie, pero entonces Ramona y Susana se trincan como mulas y dicen: “ni madre, no pasa la Ley Agraria hasta que no pase la Ley Revolucionaria de Mujeres”.
Los varones empiezan a negociar entre ellos y los que tenían más tiempo, los mayores dicen: “no pues es que es cierto lo que dicen las compañeras, además también van a luchar ellos, también van a luchar ellas, perdón, también van a sufrir los dolores de la guerra, es justo que tengan un lugar”.
Pero las zonas más retrasadas en cuanto a formación, en cuanto a participación de las mujeres, perdón de, en el EZLN, eran las que decían —textual— yo tenía al compañero —estaba a sus espaldas— que dijo: “apruébenla, yo no voy a informar”.
Se vota otra vez, y ahora sí todos por unanimidad dicen “que sí, que las mujeres, los puntos que está ahí, que como no, que desde un principio lo habíamos visto”. Y por supuesto, pasa la Ley Agraria también.
Se levanta la sesión y se va, y alguien —además de mí, no crean que yo fui el chismoso, yo soy machito—, dice, antes de que se levante la asamblea, dice: “aquí lo compañeros tales y tales, están diciendo que no van a informar de la ley a las comunidades”. Y entonces es cuando las compañeras —que les digo que eran muy pocas— dicen: “órale, no importa, nosotros vamos a ir”.
Y empieza en ese proceso. Cuando nosotros estamos preparando las unidades militares, las compañeras —entre ellas, la Comandanta Ramona y la Comandanta Susana— empiezan a recorrer los pueblos y a plantear esto que viene así —les estoy hablando de todo el año de 1993—.
Si tuvo efecto o no, inmediato, tal vez en los primeros años no, y apenas todavía está esa lucha para que esto se esté aplicando. Pero en 1993, se presentó el primer problema cuando una compañera joven, en un poblado, fue tomada presa por haber tenido relaciones con un varón sin estar casados.
Los compañeros en ese entonces, en el español que se manejaba era muy sencillo: cualquier relación sexual fuera del matrimonio era una violación, nomás aclaraban, decían: “la violaron, pero fue por su gusto”. Queriendo decir que tuvieron relaciones de mutuo acuerdo, no que la habían obligado —no como dicen acá “no es que también ella lo provocó”, etcétera—.
Entonces se hace una reunión en la asamblea —porque ahí todo se balconea, es bien gacho—, y entonces la asamblea empieza decirle a la mujer que ¿por qué? Entonces, que de castigo se tiene que casar con él, con el joven con el que tuvo relaciones —porque además los agarraron en el fogón, o sea ni siquiera que se encontraron o que se escondieron—.
Y entonces la compañera dice: “no, no, es mi derecho que no”. Y se hace un desmadre, porque en usos y costumbres así debía de ser, pero la Ley Revolucionaria de Mujeres decía que no. Entonces esa compañera que era una joven entre los 16 y los 17 años apela a la Ley de Mujeres, que dice “que nadie la puede obligar a casarse si ella no quiere”. Que sí fue su gusto estar con ese compañero, pero que ni madre, que no quiere casarse con él.
Entonces se hace un desmadre, porque entonces empieza la línea esta de usos y costumbres y la línea que estaba siendo ya modificada por la acción pues del EZLN. Y entonces van y vienen autoridades, que si las autoridades de la iglesia, que si la autoridad ejidal, que si la autoridad del responsable —o sea la estructura del EZLN—, hasta que me toca a mí ir. Ya llego pues a la comandancia y dice: “tienes que ir porque tienes que resolver este problema”.
Yo, dando una muestra de valentía, dije que “ni madre, que no me metía, que si quieren apuntaba pues lo que estaba diciendo la asamblea, pero que yo no iba a decidir”. Y empieza una discusión dentro de la asamblea de esa comunidad, el Prado se llama, fue famosa después porque el ejército la atacó en 1995 y la comunidad entera se tuvo que ir a la montaña con nosotros.
Y las mujeres ganan la discusión, incluso en contra de su propia tradición y formación, y dicen: “sí, es que ese es el acuerdo que hicimos como mujeres y tenemos que respetarlo”. Y a la mujer, a esta joven, la dejan libre pues, no la obligan pues a nada.
Pero aun así, a lo largo de 1994 —como muchos de ustedes lo pueden… lo han podido constatar cuando han ido hasta allá—, a lo largo de estos 12 años, esta Ley de Mujeres —que para nosotros y nosotras significó mucho— falta mucho para que se aplique a cabalidad en las comunidades. Sigue habiendo violencia intrafamiliar de los varones hacia las mujeres y hacia los niños, sobre todo por el alcohol, vaya, sólo por el alcohol.
Y el hecho de que en los primeros años de 94 las mujeres con esa estructura hubieran solicitado e impuesto la Ley Seca, bajó todavía más esto, pero sigue haciendo, sigue habiendo pues esto, esto que les estoy diciendo de la violencia intrafamiliar y el machismo.
Para que aparecieran las Comandantas con el número que ahora tienen, tuvo que pasar un proceso pues, muy largo, y todavía falta pues, mucho más. No es que se trate de una cuota, de que tenga que haber determinado número de mujeres, sino que es parte del desarrollo pues de las compañeras en las comunidades.
Y sin que viniera la línea de afuera —si ya me colgué mucho, nomás hagan una seña, así, bosteza uno así, y ya con eso yo entiendo perfectamente—, empieza a darse esto, que es el desprendimiento económico de las mujeres hacia los hombres, producto de la resistencia. Como las comunidades deciden pasar a la resistencia después del alzamiento y hacer de la resistencia su arma para enfrentar al gobierno, se decide no recibir nada de la ayuda gubernamental y resistir con lo que cada uno tiene.
Entonces estos mismos colectivos de mujeres que se hicieron para la guerra, empiezan a convertirse en colectivos de producción. Entonces, fíjense lo que en una comunidad indígena, para una mujer, significa recibir dinero, producto de su trabajo, y haber conquistado el derecho de decidir qué madre va a hacer con ese dinero.
Esto hasta entonces no era posible. Y es ya después del alzamiento, toda la paga —digamos, lo que era el poder adquisitivo— llegaba a través de los varones, que en todo caso le daba o él mismo compraba lo que se le encargaba o no lo compraba si no le daba la gana. Las compañeras empiezan a tener esta independencia económica. Y con esa independencia económica, empieza a dispararse esta molesta rebeldía de las mujeres —lo digo como varón, pues—.
Pero aun así, aunque ha significado dentro de las comunidades una verdadera revolución, y esta asamblea que les platiqué —que alguna vez la reseñé en un comunicado como la primer, el primer combate del EZLN y su primera derrota, que fue contra las mujeres— no sólo no está cabal, no es algo que podamos enorgullecernos nosotros como EZLN de decir: “no pues es que aquí la mujer y el hombre ya están a la mano”.
Nos falta mucho, hay muchas todavía historias y anécdotas que dan vergüenza pues contar en lo que se refiere pues al trato de las mujeres, de parte de los hombres, por muy zapatistas que sean. Pero quería señalar esta historia de que no es que el EZLN graciosamente haya encontrado un discurso y en su buena onda haya abierto ese espacio. Sino que el espacio que tienen las mujeres, que hizo posible que Ramona existiera, fuera vista —paradójicamente— cuando se tapó el rostro y cuando se convirtió en una dirigente del EZLN, es producto del proceso de la lucha mismo de las mujeres, no de una concesión graciosa de los hombres.
Y llegamos acá afuera —cuando las marchas, cuando las movilizaciones— y se da otra vez un proceso de confrontación de la realidad, ahora de las compañeras. Porque si recuerdan, el proceso de salida fue primero una mujer, fue cuando Ramona dice: “soy el primero de muchos pasos de los zapatistas”. Y advirtió —lo que ahorita tanto molesta a la clase política—, o sea que íbamos a salir de las montañas a encontrarnos con ustedes y a hacer algo nuevo como compañeros y compañeras.
Salen después los 1111, luego los 5000, que según el acuerdo del Comité, tenían que ser 2500 varones y 2500 mujeres. Y entonces se da este encuentro entre las mujeres indígenas zapatistas, ya no en su terreno, que es cuando llegaban ustedes o gente como ustedes, compañeras, a verlas en su terreno, en sus casas, en sus centros de trabajo, en sus reuniones, todo eso, sino que ellas empiezan a verlas a ustedes de otra forma, ya no eran las ciudadanas que llegaban a curiosear, perdón, o a asomarse qué era el EZLN o a ver las condiciones de vida en las que estaban las comunidades. Sino que eran mujeres que sufrían y que luchaban igual que ellas como zapatistas.
Y entonces es a través también de esta línea, del contacto entre mujeres, entre las ciudadanas y las zapatistas —decimos nosotros— que empieza a plantearse dentro del EZLN: ¿qué vamos a hacer con estas compañeras? La primera vez que se planteó el termino compañero, compañera, fue en femenino, dentro del Comité. Qué vamos a hacer con estas compañeras que son nuestras hermanas de lucha y todo eso, porque lo vemos, lo sentimos, que también tienen pues sus grandes dolores y también lo vemos que luchan.
Nosotros dijimos la verdad, pues, como Comandancia, pues que no podríamos meterlas a la guerra, porque estábamos buscando pues la solución pacífica, no la confrontación. Y que teníamos que buscar el modo para hacer, crear un lugar juntos, donde pudiéramos ser compañeros y compañeras, sin que eso significara de que nos excluyéramos unos a otros, o unas a otras —en este caso— entre las que están alzadas en armas y las que están luchando por medios civiles y pacíficos.
A grandes rasgos esta es la historia, cuando se plantea esto de la Otra Campaña y de la Sexta Declaración, nosotros hacemos un proceso de reflexión de varios años, porque nos llama la atención de que el discurso zapatista haya tocado de tal forma a las mujeres, que siempre hayan sido la mayoría en número y en calidad, en cada una de las movilizaciones o en el contacto entre los zapatistas y los ciudadanos, en este caso, sobre las ciudadanas.
Eso y que haya tocado también especialmente a los jóvenes, es algo que no entendíamos o todavía no entendemos. Suponemos nosotros que lo que planteó el discurso zapatista desde 94 respecto a la marginalidad, a la exclusión de que éramos objeto —somos objetos todavía como indígenas—, las mujeres en la ciudad o en otras partes de México, sentían que se estaba diciendo lo mismo de ellas, y que podían poner en lugar de pueblos indios o de indígenas, mujeres, o mujeres trabajadoras, en este caso.
Cuando estamos saliendo cada tanto —las consultas, la marcha de los 1111, la marcha por la dignidad indígena— nos damos cuenta, se dan cuenta pues las compañeras, que hay mujeres que son más mujeres que otras mujeres. Que es como nosotros explicamos que no todas son iguales, en el sentido de que no tienen pues el mismo nivel. Que hay señoras o mujeres que tienen la paga, que tienen un nivel de vida, y hay mujeres que no tienen nada, ¿no? Y que hay mujeres indígenas y que hay mujeres obreras, y empieza a entender todo este proceso de diversidad dentro de la mujer.
Y también se empieza a confrontar este “estira y afloja” por la tribuna, por el templete, también en el sector de las mujeres. Y empezamos a notar —también a través de nuestras compañeras—, que está este discurso de ser mujer “light” o de izquierda “hello kitty”, no sé cómo, ¿si?
Está este pues ser mujer de izquierda, que ahora alcanza su máxima expresión a la hora que las candidatas del PRD se retratan en una revista para varones con ropa interior de encaje —de muy mal gusto si me permiten mi opinión como macho, como machito—.
Y que se da todo lo largo de los 12 años de vida pública del EZLN, sobre la disputa de lo que deben ser las mujeres zapatistas o en donde se va a capitalizar la imagen de Ramona, la imagen, no la historia de lucha que les estoy contando y que Susana cuando venga puede desglosar más.
Y pensamos que en esto de la Sexta teníamos que salir a ver no a las mujeres y escuchar no a las mujeres, sino teníamos que buscar a las mujeres de abajo y a la izquierda. Es nuestra firme convicción de que esa no es la mujer de izquierda, la que aparece en las portadas del universal hace unos días, ni es esa propuesta de feminismo, ni es todo lo que nos están vendiendo allá arriba —que ahora ya aprendimos eso—, todo lo que nos están vendiendo allá arriba que es la realidad, sino que hay otra abajo.
Nuestra idea como zapatistas, no es suplantar la voz de las mujeres o interpretarlas, sino escucharlas y aprender de ellas. Por eso, en esto de la Sexta Declaración y en la Otra Campaña tienen en nosotros y en nosotras los zapatistas un oído dispuesto a aprender, no se trata de que sea el diván —que esa es la consigna de la Sexta Declaración: “adhiérase, nosotros vamos”, que ya ni chingan, me traen de un lado para otro pues, no me dejan ni comer—.
N se trata pues de esto, sino esta convicción o esta reflexión que nosotros hacemos de nuestra propia historia, que no se trata de un movimiento que cede un espacio a las mujeres, sino un movimiento en donde las mujeres conquistan su espacio, de izquierda y de abajo, anticapitalista, con todo esto que se va agregando.
Fue un gusto ayer cuando una compañera insistía en que no bastaba con que se definiera el movimiento obrero como anticapitalista, que tenía que ser antipatriarcal. Y que una compañera a la hora de leer los resolutivos, ya había quitado esa parte, eso es algo pues, y luego ya se volvió a poner. Y que cómo tenía que insistirse que no se trataba de hablar de los obreros y las… de los obreros o de los trabajadores, sino que tenía que marcarse esto de que eran también obreras y trabajadoras. Y que era una realidad aparte.
Entonces compañeras —y los compañeros que vienen de colados, porque no es su lugar mano, o sea sácate—ahora sí, aunque no deba ser así, a nombre de las compañeras zapatistas les traemos no sólo el oído, sino también nuestro saludo.
Esperamos que haya más reuniones, que se pueda concretar esta convocatoria para un encuentro nacional de mujeres, que tengo las indicaciones del Comité Clandestino de convocar junto con ustedes —como Comisión Sexta— para este encuentro en el lugar y fecha donde ustedes decidan —de preferencia donde no ande yo—.
Gracias, compañeros, gracias compañeras.